sábado, 16 de enero de 2021

Cuando este último año comenzaron aparecer síntomas médicos nada agradables para mí empecé a recapacitar en lo poco que me había preocupado en vigilar mi salud. A veces pasaron periodos de 10 o 12 años sin visitar a un médico. Las pocas veces que acudía a la medicina era cuando ya era totalmente necesario. Ahora tengo el deseo y creo que la obligación moral de escribir este pequeño libro blog con la finalidad de que mis hijos, nietos, o todo aquel que lo lea no repitan los errores que yo cometí.


CAPÍTULO 1: CON EL BRAZO EN CABESTRILLO

Todo comenzó en Benquerencia de la Serena, un pequeñito pueblo de Extremadura, en los inicios de los años 50 cuando yo tenía unos 10 o 12 añitos. En aquella época recuerdo que cuando llegaba el calor unos cuantos amigos y yo teníamos por costumbre de bajar a la
huerta que teníamos al lado de La Muña para darnos un baño en la alberca que allí había. El agua con la que se llenaba dicha alberca era proporcionada extraída de un enorme pozo por una noria de aquellas que tenían unos cangilones que iban dando vueltas para verter el agua a un canalón que la conducía a la alberca. La fuerza bruta empleada para mover la noria era el burrito del hortelano que tiraba pacientemente de un palo colocado horizontalmente a un metro, más o menos del suelo.

Una de nuestras diversiones favoritas era sacar nosotros mismos el agua empujando el cuartón horizontal que movía la noria mientras que, por riguroso turno, nos íbamos tumbando en el palo para ser columpiado por los demás.

Una tarde me tocó a mí ser el desgraciado protagonista ya que cuando estaba disfrutando del columpio resbalé y me caí del cuartón con tan mala suerte que mi codo izquierdo quedó aprisionado entre de los engranajes que tenía la noria. Fueron un par de dientes los que pasaron por encima de los huesos. Aún recuerdo con horror el sonido de los chasquidos que se produjeron,

Regresamos a casa y rápidamente se presentó el médico que dictaminó que él no podía hacer nada ya que los huesos del codo estaban rotos y alguno hasta triturado. Rápidamente me llevaron a una clínica que estaba recién inaugurada en Castuera , creo recordar que estaba en la calle Regiones, antes de llegar a la estación.

Allí trataron de reconstruir lo dañado mientras yo sufría unos dolores inaguantables. 
Bueno el caso es que unieron cómo pudieron los huesecillos y el dolor se fue pasando. 
Lo malo vino después cuando tuve que llevar durante varios meses el brazo en cabestrillo con una bolsa con plomo de perdigones de las escopetas que pesaría un par de kilos colgada debajo del codo supongo que para que el brazo no encogiera.

Recuerdo que mi madre ofreció a San José un brazo de cera para que todo saliera bien. Dicho brazo aún se conserva en la casa del pueblo.

Además cada día tenía que sumergir la mano en agua caliente y mantenerla allí durante unos minutos. Mis dedos estaban insensibles. Un día la Flora, qué era la encargada de ese menester, sin darse cuenta se pasó con la temperatura del agua y al meter la mano me la quemó.
Los dedos índice y corazón fueron los más afectados. Me salieron unas ampollas enormes que tuvieron que pinchar para que la piel regresara a su lugar pero los dos dedos quedaron deformados sobre todo en la última falange,
La terrorífica visión de los dedos de la mano convertidos en sendas ampollas llenas de líquido acuoso nunca he podido sacarla de mi cabeza en el resto de mi vida.

Sinceramente creo que este fue el motivo en el que cuando fui creciendo tuviera verdadera aversión a todo lo que se relacionara con la medicina.

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